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Domingo de la Palabra de Dios - La veneración de las Sagradas Escrituras en la Iglesia






Por: José Roberto Ramírez Méndez, ssp


Para comenzar me gustaría decir que la Biblia está presente en la vida de todo cristiano, porque ella es experiencia de vida. En Deuteronomio 8, 3 leemos No sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios”. Jesús tomará ese mismo texto y nos dirá en el evangelio de Mateo 4, 4 No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”; entendemos, pues, que esta Palabra de Dios es la vida misma del creyente; la veneración de la Biblia en nuestros grupos parroquiales, en nuestra familia o de manera personal, tiene por objeto que la Biblia sea leída y puesta en práctica.

Desde tiempos antiguos la Palabra de Dios ha ocupado un lugar de gran importancia en la vida y en el corazón del pueblo de Israel, pues en ella encuentra su ser y su quehacer, la razón de su existencia y los pilares que sostienen su fe. Un ejemplo de esto lo encontramos en Nehemías 8, 1-ss: cuando el pueblo judío regresa del exilio, al que lo había sometido el rey de Persia, Esdras, sacerdote y escriba, los reúne para hacer la lectura de la ley de Moisés; esta lectura se hizo desde el amanecer hasta el mediodía; el pueblo Judío llora y se entristece porque reconocen que por sus faltas se había alejado de Dios, y por eso se los había llevado al destierro. Después de la lectura, Nehemías les dice que no lloren sino que se alegren, que canten de regocijo y hagan una comida de fiesta puesto que Dios ha estado grande con ellos, y que compartan lo que tienen con los que no tienen para sumarse a esa celebración.

La lectura de las Sagradas Escrituras tenía, ya desde ese tiempo, una gran importancia para el pueblo escogido por Dios, pues de ella mana la sabiduría divina, que no queda anclada en el pasado, sino que es siempre actual y, gracias a ella, el creyente, la comunidad o el pueblo conocen su historia concretada en la tarea y la misión que Dios tiene para cada uno de ellos; es decir, que los creyentes nos sólo se reúnen para escuchar la palabra, sino también, para conocerla, y para ponerla por obra.

Desde los inicios de la Iglesia, la Palabra de Dios tomará un papel muy relevante y central pues, como dice el evangelio de Juan, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, es decir, la Palabra ahora es carne, es acción, compasión y misericordia y nos muestra el rostro de Dios, un rostro de amor y de ternura, un rostro compasivo y misericordioso que cumple con lo que Dios ha prometido por medio de los profetas.


 

Jesús mismo nos lo enseña cuando, en el evangelio de Lucas 4, 14-ss, es llevado por el Espíritu a Nazaret, en Galilea, donde se había criado, y un sábado le toca leer, en la sinagoga, el volumen del profeta Isaías donde está escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido, para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; a dejar en libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor; y al terminar dijo: “Esta lectura que acaban de oír, se ha cumplido hoy”.


 

Más adelante en Lc 7, 22-ss, nos lo demuestra cuando el Bautista le manda preguntar si él es el que ha de venir o si debían esperar a otro; Jesús responde a los discípulos de Juan, vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y a los pobres se les anuncia el Reino de Dios. Esto nos da pie para decir que la lectura de la Biblia no es sólo para deleite personal o por recreación, sino que nos prepara para la acción; nos relata nuestra historia para darle continuidad; nos alimenta y nos alienta a continuar el camino de Salvación; y en todo esto nuestro modelo es Jesús.

Así pues, podemos decir que en las Sagradas Escrituras está contenida la historia de nuestro caminar como pueblo elegido por Dios y redimido por Jesucristo, es una historia que va desde lo general: la historia de la humanidad, a lo particular: la historia del pueblo de Israel, y a lo personal e individual: nuestra propia historia. En las Sagradas Escrituras está contenida la historia de la salvación de la humanidad, la salvación de la comunidad y la salvación personal; hay que decir, por tanto, que las Sagradas Escrituras convocan a vivir en comunión con los demás, pues como podemos comprobar en su contenido, nadie se salva sólo.

En la Biblia están contenidas las Palabras que Dios ha dirigido a su pueblo, lo que ha hecho a su favor; la manera en la que se le ha manifestado, es decir, la forma en la que ha interactuado con la humanidad; en síntesis, podríamos decir que las Escrituras describen la forma tan admirable en la que Dios, poco a poco y a lo largo de la historia, se ha ido revelando a los hombres y mujeres en su tiempo, hasta llegar a la plenitud de su revelación en Jesucristo, el rostro misericordioso del Padre; es por eso por lo que la Biblia es Palabra de Dios, como afirma la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II: “la Biblia es inspirada, es verdadera y es canónica”.


 

La Dei Verbum en el número. 21, también resalta la importancia que tiene para la Iglesia la veneración de la Palabra de Dios cuando nos dice: “La Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el cuerpo de Cristo, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del cuerpo de Cristo”.


 

Venerar la Biblia, pues, no es venerar un libro, que por muy bueno que sea nunca será digno de veneración; venerar la Biblia es encontrarnos con Dios mismo que nos habla, que se comunica con nosotros; es hacer memoria de nuestra historia para continuarla, impulsarla y proclamarla, pues es una historia de amor, de redención, de salvación, de comunión.

Venerar la Biblia es ponerla en el centro de nuestro hogar, de nuestra familia, de nuestro corazón y permitirle a Dios que, por medio de esa Palabra que nos dirige, no guíe, nos nutra, nos fortalezca; ilumine nuestra vida, nuestro ser y nuestro caminar y nos santifique.

La veneración de la Palabra de Dios es celebrar que Jesús está con nosotros, que nos sigue dando ejemplo de vida cristiana, que nos sigue mostrando el rostro misericordioso de Dios y nos sigue prodigando el amor que Dios nos muestra a través de sus acciones salvíficas, pero sobre todo, que nos sigue llamando a ser otros cristos en medio de nuestros hermanos, en medio de nuestra familia, en medio de nuestra sociedad y nos pide que salgamos al encuentro de los que sufren, que sigamos sembrando amor en los corazones abatidos; que sigamos siendo sembradores de esperanza.

Venerar la Palabra de Dios es pedir al Espíritu Santo que habite en nosotros y que nos conceda sus dones; es pedirle que ilumine nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad para que sean conformes a la voluntad de Dios nuestro Padre. Es también pedirle, que cuando leamos su Palabra, nos libre de una lectura muda y farisaica, y que al leer nos ayude a escucharla, a amarla, proclamarla y actuarla.

Venerar la Palabra de Dios es querer cumplir la voluntad de Dios, nuestro Padre, según lo que nos dice el mismo Jesús en el evangelio de Mateo 12, 49: “Quien haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Y la Carta de Santiago nos hace la misma recomendación en 1, 22Pongan en práctica la Palabra de Dios y no se contenten sólo con oírla engañándose a ustedes mismos”.

En la Carta a Timoteo 3, 16-17, que constituye de algún modo su testamento espiritual, san Pablo recomienda a su fiel colaborador que lea constantemente la Sagrada Escritura. Pablo está convencido de que “Toda la escritura es inspirada por Dios y útil para la enseñanza, la persuasión, la corrección y la educación en la rectitud, a fin de que el hombre de Dios esté bien capacitado y equipado para hacer toda obra buena”.

Así pues, queridos hermanos, estamos invitados a venerar la Palabra de Dios y permitirnos encontrarnos con ella, como quien se encuentra con un amigo, con un sabio, con un Padre que nos aconseja y nos invita a re-crearnos, es decir: a cambiar nuestra manera de ver el mundo y poder verlos con los ojos de Dios, a transformar nuestro corazón; pero no sólo nos invita sino que nos dice cómo podemos lograr todo esto, nos indica el camino que debemos seguir y nos pone como modelo a Jesucristo que, anunciando la alegría del Evangelio, nos amó hasta el extremo y nos pide a nosotros que hagamos lo mismo: que amemos como él nos amó, hasta el extremo.

Quiero, invitarlos a acoger la petición que nos hace el papa Francisco en su carta apostólica Aperuit Illis (Les abrió el entendimiento), con la que instituye el domingo de la Palabra de Dios, esto no significa que fuera de este domingo la Palabra de Dios no sea el centro de nuestra liturgia, sino que nos pide que en el domingo de la Palabra de Dios, en toda la Iglesia, en todas las comunidades cristianas, sea proclamada con mayor solemnidad, que se haga visible la importancia que esta Palabra tiene para la Iglesia. podríamos preguntarnos el por qué se escogió en especial este domingo, el Papa eligió el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, porque es cuando todas las lecturas proclamadas en la Eucaristía presentan la figura de Jesús como heraldo del Reino de Dios.

Atendamos, pues, la invitación del papa Francisco y retomemos las diversas formas que tenemos en la Iglesia para venerar y meditar la Palabra de Dios, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestros grupos pastorales y de catequesis, en nuestra familia, e incluso en nuestra propia intimidad, procuremos recuperar en nuestras celebraciones eucarísticas, en especial las dominicales, la procesión del Evangeliario antes de la lectura del Evangelio.

Uno de los lugares privilegiados para la lectura y meditación de las Sagradas Escrituras, es nuestra liturgia, la Sagrada Escritura y los sacramentos no se pueden separar. Nos dice el papa Francisco que cuando los sacramentos son introducidos e iluminados por la Palabra se manifiestan más claramente como la meta de un camino en el que Cristo mismo abre la mente y el corazón al reconocimiento de su acción salvadora. Es necesario, en este contexto no olvidar la enseñanza del libro del Apocalipsis 3, 20, cuando dice, que el Señor está a la puerta y llama, si alguno escucha su voz y le abre, Él entra para cenar juntos. Jesucristo llama a nuestra puerta a través de la Sagrada Escritura; si escuchamos y abrimos la puerta de la mente y del corazón, entonces entra en nuestra vida y se quedará con nosotros.

En cuanto a la lectura y meditación de la Palabra de Dios, fuera de los sacramentos, podremos encontrar gran variedad de formas y guías que nos pueden ayudar para realizar una lectura provechosa que le ayude a nuestro espíritu a alimentarse y a transformar nuestras acciones, está por ejemplo la Lectio Divina, que es un método de reflexión y oración de un texto bíblico y consta de cinco pasos, lectura, meditación, oración, contemplación y acción.

Está también el método Jesús Verdad, Camino y Vida, que consta de la lectura de un pasaje bíblico (Jesús Verdad), la reflexión o confrontación de lo que Dios me pide con lo que yo soy y lo que me falta hacer para mi configuración con Cristo (Jesús Camino) y por último el compromiso, las acciones concretas con las que me voy a comprometer para realizar (Jesús Vida).

La entronización de la Biblia, es una forma de veneración de la Palabra de Dios y se puede realizar antes de la lectura o meditación de la Sagrada Escritura, entronizar la Biblia es ponerla en un lugar especial, en nuestro hogar o en la capilla, parroquia, grupos de catequesis, etc., hay algunos manuales que se han elaborado para llevar a cabo esta forma de veneración. No olvidemos también la acción del Espíritu Santo y su invocación, pues sin su acción corremos el riesgo de permanecer encerrados en el mero texto escrito y podríamos caer en el fundamentalismo y traicionaríamos el carácter de inspirado, dinámico y espiritual que el texto sagrado posee.


 

El apóstol Pablo nos hace esta misma advertencia, en la segunda carta a los Corintios 3, 6 La letra mata, mientras que el Espíritu da vida, el Espíritu Santo, transforma la Sagrada escritura en Palabra Viva de Dios, vivida y transmitida en la fe de su pueblo santo.

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